“La naturaleza humana es del todo antinatural” – Mario Bunge

Si bien al nacer los seres humanos son animales, gradualmente se convierten en artefactos sociales vivos (personas) a medida que crecen, adquieren cultura, aprenden habilidades y normas y se embarcan en actividades que superan lo biológico. Del mismo modo, la banda y la familia se originan con el fin de satisfacer necesidades biológicas y psicológicas, por lo que se las puede llamar sistemas biológicos supraindividuales. Pero constituyen también sistemas sociales por estar dotadas de propiedades no naturales o construidas. Dicha artificialidad es particularmente notoria en los casos de la economía (E), la organización política (P) y la cultura (C). Si unimos éstas al sistema biológico (B), formamos el esquema BEPC de la sociedad. Sólo el subsistema (B)iológico es natural y, aun así, está fuertemente influenciado por los tres subsistemas artificiales, E, P y C. Por otra parte, cada uno invade parcialmente los demás, porque cada individuo forma parte de al menos dos de ellos.

Nada parece más obvio que el hecho de que, en tanto individualmente los humanos son animales, las sociedades no lo son. La primera proposición es notoria pero, como muchas otras proposiciones evidentes por sí mismas, sólo parcialmente cierta. En realidad, el ser humano recién nacido es efectivamente un animal, pero llega al mundo en una sociedad que facilitará u obstaculizará la realización de sus potencialidades genéticas. En otras palabras, las personas son artefactos. Como todos ellos, se nos modela a partir de entidades naturales; empero, a diferencia de otros artefactos, estamos en gran medida auto-construidos y a veces incluso auto-diseñados. Así, nos capacitamos y tal vez capacitemos a otros como agricultores, historiadores o lo que ustedes quieran. A medida que lo hacemos, esculpimos nuestro propio cerebro. El aprendiz exitoso se ha convertido en lo que se proponía ser. Es el producto no sólo de sus genes sino también de su sociedad y sus propias decisiones y acciones.

En suma, la naturaleza humana es del todo antinatural: eso es lo que nos aparta de otros animales. De allí que no sea verdad que el hombre forma una sola pieza con la naturaleza y que su naturaleza es tan inmutable como las leyes de la física.


El punto de vista de que la naturaleza humana es parcialmente artefáctica [artefactual] y por lo tanto variable y que está en nuestras manos en vez de ser inmutable, supera los obsoletos dualismos naturaleza/educación y cuerpo/alma, que de todas formas son incompatibles con la psicología científica. En rigor de verdad, la psicología evolutiva y social nos enseñan que somos tanto producto de nuestro medio ambiente y nuestros actos como de nuestra dotación genética (véase, por ejemplo, Lewontin, 1992). Y el principal insumo y producto filosófico de la psicología fisiológica es la hipótesis de la identidad psiconeuronal, de acuerdo con la cual todos los procesos mentales, ya sean emocionales, cognitivos o conativos, son procesos cerebrales.

Al no considerar esto, el naturalismo social se convierte en un determinismo biológico, es decir, el punto de vista de que las personas son íntegramente productos de la herencia y la sociedad es una excrecencia biológica, y sólo un dispositivo para satisfacer necesidades biológicas. El biologismo es un bastardo de la biología evolutiva.

Esto es notorio en el darwinismo social —particularmente en Spencer, Nietzsche y Sumner—, así como en el dogma del criminal nato. También es obvio en la Rassen-kunde y Soziobiologie nazis, lo mismo que en la interpretación racista de las diferencias de los coeficientes de inteligencia y en la sociobiología humana contemporánea.

No cabe duda de que hay alguna verdad en el biologismo, pero no mucha. Somos efectivamente animales, pero económicos, políticos y culturales. Diferimos en cierto modo uno del otro por nuestra dotación genética, pero la posición social depende más de una combinación de accidentes con una dotación económica y educacional inicial que de los genes. La personalidad no está determinada únicamente por el genoma, como lo demuestran los casos de gemelos idénticos que se dedican a diferentes ocupaciones y, por consiguiente, terminan por adquirir diferentes personalidades y status sociales. Por otra parte, todos los grupos sociales modernos son genéticamente inhomogéneos. El comportamiento de los insectos eusociales, como las hormigas y las abejas, es rígido o está genéticamente “programado” y por lo tanto neuronalmente “conectado” de una vez y para siempre. En agudo contraste, el de los mamíferos y las aves es plástico y adaptativo, porque su cerebro contiene subsistemas plásticos, esto es, sistemas de neuronas capaces de “reconectarse”. (En el caso de los humanos, dichos cambios en la conectividad neuronal son a veces espontáneos, vale decir, no debidos a estímulos ambientales.) De tal modo, en el transcurso de su vida, un coyote puede adoptar diferentes tipos de comportamiento social, desde la manada hasta la pareja monógama o la soledad, según el tipo y la distribución de los medios de subsistencia (Bekoff, 1978). De allí que los sociobiólogos tengan mucha razón al hacer hincapié en las raíces biológicas de la sociabilidad. Pero se equivocan cuando talan hasta dejar sólo el tocón del gran árbol de la vida humana, tratando de explicar todo lo social, aun la moralidad, como un producto de la evolución. El hombre es en parte un animal autoconstruido, el artífice y destructor de todas las normas sociales.

En particular, no nacemos ni buenos ni malos, pero podemos convertirnos en una u otra cosa o una combinación de ambas.En lo que se refiere al darwinismo social, se lo puede desechar al instante si se señala que sus nociones claves, a saber, las de competencia y aptitud, carecen de contrapartidas biológicas. En rigor de verdad, la aptitud darwiniana se define como el número promedio de prole porprogenitor. Y la intensidad de la competencia biológica equivale a larazón entre quienes mueren y quienes sobreviven a la madurez sexual.

En resumen, el determinismo biológico contiene sólo una pizca de verdad. Por ejemplo, si bien destaca correctamente las raíces biológicas de determinadas instituciones sociales, como el matrimonio, no explica las diferencias entre endogamia y exogamia, las ceremonias nupciales seculares y religiosas o los matrimonios concertados o por amor. Peor aún: como sostiene que las diferencias sociales se deben exclusivamente diferencias biológicas congénitas, el biologismo ha sido utilizado para justificar la desigualdad social, el racismo y el colonialismo, etc. Sin embargo, su rechazo no implica que podamos ignorar tranquilamente las coacciones biológicas. No se puede entender la sociedad sin tener presente que está compuesta por organismos que intentan sobrevivir.

En síntesis, los naturalistas tienen razón al destacar la continuidad de la sociedad y la naturaleza, así como al considerar las sociedades como entidades más concretas que espirituales —por ejemplo, como con-juntos de valores, creencias y normas—. Pero se equivocan al hacer caso omiso de los componentes artificiales de cualquier sociedad, por primitiva que sea: a saber, su economía, organización política y cultura. También erran cuando se niegan a admitir que las creencias, intereses e intenciones contribuyen a determinar las acciones y, con ello, a construir, mantener o modificar el orden social. A causa de su crudo reduccionismo, el naturalismo no logra explicar la sorprendente variedad y mutabilidad de los sistemas sociales; y enmascara las fuentes económicas, políticas y culturales de las desigualdades sociales y los conflictos resultantes. Nada de lo social puede “tomar su curso natural” porque todo lo social es al menos en parte un artefacto.

Fuente: Las Ciencias Sociales en DiscusiónMario Bunge.

Sobre el autor:

Mario Bunge es un Físico y filósofo de la ciencia argentino. Tras realizar sus estudios secundarios en el Colegio Nacional de Buenos Aires, se doctoró en Física y Matemáticas por la Universidad de La Plata, y estudió Física Nuclear en el Observatorio astronómico de Córdoba. Compaginó ya por entonces su dedicación a la ciencia con el interés por la filosofía, fundando la revista Minerva en 1944. Fue profesor de Física (1956-1958) y de Filosofía (1957-1962) en la Universidad de Buenos Aires, y desde 1962 fue profesor de Filosofía en la McGill University de Montreal.

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