¿Biopolítica del estómago?

 “el conjunto de mecanismos por medio de los cuales aquello que, en la especie humana, constituye sus rasgos biológicos fundamentales podrá ser parte de una política, una estrategia política, una estrategia general del poder (…)” (Foucault, 2007: 15) – BIOPOLÍTICA

Sabemos que comer es una necesidad, el comprender que si no nos alimentamos no podríamos existir va de la mano de la existencia misma.  Nadie enseñó al ser humano esta actividad, la aprendió por instinto, el buscar comida fue una cuestión de vida o muerte, un dilema ligado a la sobrevivencia.

Lo que nos diferencia de nuestra manera de alimentarnos con respecto a otras especies, es que hemos hecho de ello parte de la cultura. Dentro de la cultura, ese hato de indistintos elementos, se incluye a la gastronomía de una sociedad como componente activo de la identidad.

Pero existen ciertos mecanismos que controlan nuestra manera de alimentarnos, instrumentos que adquirieron cierta hegemonía, la cual se aprecia en nuestra actual sociedad de consumo creando un prototipo de ser humano, un cuerpo disciplinado.

El disciplinamiento de los cuerpos “es una cierta forma capilar, una modalidad mediante la cual el poder político y los poderes en general logran, en última instancia, tocar los cuerpos, aferrarse a ellos, tomar en cuenta los gestos, los comportamientos, los hábitos, las palabras; la manera, en síntesis, como todos esos poderes, al concentrarse en el descenso hacia los propios cuerpos y tocarlos, trabajan, modifican y dirigen (…) las fibras blandas del cerebro” (Foucault, 2005: 59)

Este disciplinamiento hace necesario resaltar ciertos puntos que nos ayuden a detectar cómo la manera de alimentarnos va de la mano de las políticas de los gobernantes y del modelo de desarrollo predominante: ahora más que antes el lindero entre el cuerpo controlado y el cuerpo alimentado es una realidad.

Un pasado remoto rápidamente visto

Caracoles, distintos tipos de calabazas, aves, lechuga, serpientes, lagartos e higos; componían el menú que degustaban nuestros antepasados hace 12.000 años en México según excavaciones arqueológicas donde los excrementos fosilizados hablaban de una buena digestión[1].

El indicio más antiguo de utilización de herramientas para el consumo de carne fue hallado en Kenia y tiene una antigüedad de un millón y medio de años. Con el dominio del fuego, un millón de años después, se emprendió un paso más en la evolución de homínido a hombre, esto, mediante la cocción de la carne, lo que la hizo más digerible y nutritiva.

En la época pre-cristiana, las técnicas de asar y cocinar experimentaron toda clase de refinamientos en gran parte de las civilizaciones, desde la invención del horno de arcilla en Persia y la India, hasta cocinas más complejas en China.

En muchas civilizaciones la carne estaba destinada a las clases privilegiadas.  En la edad media los nobles se habían reservado el privilegio de la caza y reclamaban la mayor parte de la producción de la carne para sí. Umberto Eco señala que la civilización se salvó de la extinción gracias al frijol, porque al estar casi vetada la carne para los más pobres, fue esta leguminosa el producto que les permitió una adecuada nutrición[2].

Pero con el crecimiento de los imperios en la Europa del siglo XIX viene la invención de las conservas y las sustancias químicas que vienen a modificar los componentes de la comida.

Imperio (Sociedad) del consumo

Con la sociedad de consumo viene un modelo de producción que forma distintos seres humanos en un mismo país. Con la masificación de los alimentos como las carnes, los vegetales y los lácteos. Lo más racional sería encontrar una sociedad privilegiada en la medida en que existe la posibilidad de que nos alimentemos nutricionalmente, independientemente de nuestros gustos gastronómicos. Dicha sociedad idealizada no estaría distante de la sociedad vivida si los intereses de las grandes instituciones y corporaciones políticas y económicas no estuvieran interviniendo e hicieran de la alimentación un negocio.

Antonio Negri dice al respecto que “los grandes poderes industriales y financieros, producen entonces, no sólo mercancías, sino también subjetividades. Producen subjetividades que a su vez son agentes dentro del contexto político: producen necesidades, relaciones sociales, cuerpos y mentes, lo que equivale  a decir que producen productores”[3]. Este es el individuo ligado a nuevos mecanismos de control sobre su vida y con nuevas opciones de consumo, incluidas las del consumo alimenticio.

Del derecho a la muerte al poder sobre la vida es el principio de la biopolítica. Nuestro cuerpo poco a poco es encubierto con nuevas máscaras que nos vinculan en procesos cada vez más intrincados. En un mundo como el nuestro, que está en la capacidad de producirlo todo, ¿cómo es justificable que exista el hambre y la desnutrición?

“…frente al poder, el súbdito no está, por pleno derecho, ni vivo ni muerto. Desde el punto de vista de la vida y la muerte, es neutro, y corresponde simplemente a la decisión del soberano que el súbdito tenga derecho a estar vivo o eventualmente muerto (…). En definitiva, el derecho de matar posee efectivamente en sí mismo la esencia misma de ese derecho de vida y de muerte en el momento en que puede matar, el soberano ejerce su derecho sobre la vida.” (Foucault, 2000: 218).

 

Cuchara lenta: ¿Una resistencia al poder?

Hoy se exponen cuerpos desahuciados que cumplen con los parámetros de la moda, cuerpos mal nutridos y con sobre peso que a cada instante son invitados a consumir productos para adelgazar fácilmente, también cuerpos moldeados al ritmo de la producción que muestra una sociedad más afanada en producir que alimentarse bien y una minoría que se preocupa por una salud equilibrada y que ve en la sana alimentación un buen hábito de vida. Pero éstos últimos demandan recursos, recursos que cada vez los hacen ver más “escasos”.

Sin embargo, es un encuentro con la subjetividad el alimentarse mal o bien. Todavía estamos bajo el lema de que “lo que no mata engorda”, pensando que comer es alimentarse de cualquier manera. Es sorprendente saber que una sociedad como la colombiana el producto “alimenticio” que más se consume es la gaseosa[4].

El precio de una gaseosa puede equipararse con el precio de cualquier leguminosa. Una de las hipótesis es que no tenemos la cultura de la sana alimentación y del cuidado del cuerpo. La otra es que las multinacionales cada vez incitan al consumo de comidas rápidas, por conveniencia a sus intereses y esto ha transformado incluso la estética de los restaurantes.

Los restaurantes de hoy son diseñados de tal manera que busque atender al mayor número de personas en el menor tiempo posible, de ahí que tengan colores llamativos, fuertes, pero insoportables al cabo de unos pocos minutos. He aquí la cultura del fast food, inventada en los Estados Unidos como una manera de ofrecer una solución alimenticia a aquél que anda siempre afanando porque tiene que producir mucho dinero en el menor tiempo posible.

Esto ha cambiado las maneras de relacionarnos, primero invitábamos a cenar a alguien para elaborar un rito comunicativo, ahora dicho rito, si bien aun no queda en los anaqueles del recuerdo (totalmente), es una práctica que va en declive, o bien, toma forma de individualización, donde una suma de individuos comparten un espacio físico, pero sin socializar, una interacción de máquinas deseantes. La alimentación se convirtió así, en el espejo de la sociedad afanada por llenarse de lucro inútil.

Sin embargo, todo tipo de control trae consigo resistencia. En este caso es el de la nueva manera de alimentarse denominada Slow Food o comida lenta, nacida en los 80’s en Europa, esta corriente busca encontrarle sentido a la alimentación. Su comida tiene como base una dieta basada en ricos nutrientes alimenticios, lo que implica indagar sobre el origen de lo que se está comiendo, así como tener conciencia de los dispositivos biopolíticos que subyacen en la cultura de consumo actual.

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Bibliografía.

[1] Gnade, Claudia. Una pequeña historia del Sabor  En: Contac número 83, 2001 p 23-27

[2] Eco, Umberto, de cómo el frijol salvó a la civilización.  En Revista Universidad de Antioquia,  número 258, 1999, p 34- 40.

[3] Antonio Negri. Imperio. Argentina: Paidós,  segunda edición 2002. P 43

[4] Qué comen los colombianos en http://www.eltiempo.com/archivo/documento/MAM-1215501

Referencias

Foucault, Michel. (2000). Defender la Sociedad: Curso en el Collège de France (1975-1976).. Fondo de Cultura Económica de Argentina S. A. Buenos Aires, Argentina.

Foucault, Michel. (2005). El Poder Psiquiátrico: Curso en el Collège de France (1973-1974). Fondo de Cultura Económica de Argentina S. A. Buenos Aires, Argentina.

Foucault, Michel. (2007). Seguridad, territorio, población: Curso en el Collège de France (1977-1978). Fondo de Cultura Económica de Argentina S. A. Buenos Aires, Argentina.

Referencias retomadas del siguiente artículo: http://serbal.pntic.mec.es/AParteRei/avila69.pdf

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Fuente original:  https://espectante.wordpress.com/2010/05/06/biopolitica-del-estomago/

Edición: Redacción de la Nota Sociológica. (G. B. R.)

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