“La estructura de parentesco de ninguna sociedad está exclusivamente determinada por relaciones de “sangre” o genéticas” – Mario Bunge

Los biólogos sienten la tentación natural de responder la cuestión de los orígenes humanos en términos estrictamente biológicos, como las mutaciones (e inclusive macromutaciones) resultantes en un cerebro más grande y el bipedalismo, o tal vez en términos de la adaptación de los primates arborícolas a las llanuras. En contraste, los paleoantropólogos de orientación sociológica tienden a dar todo el crédito a la fabricación de herramientas y la organización social, incluida la comunicación. Es de presumir que cada una de estas respuestas contiene una pizca de verdad, y ésta, en términos globales, es biopsicosociológica; sin embargo, no sociobiológica. La primera de las síntesis fue la propuesta por Engels (1876, capítulo 9), a cuyo juicio la mano, el trabajo y el habla evolucionaron conjuntamente. De hecho, hoy parece muy probable que pequeños aumentos accidentales y acumulativos en el tamaño, la complejidad y la plasticidad del cerebro hicieran posibles pequeños progresos en el comportamiento mental y social, los que a su turno representa- ron un estímulo para cambios biológicos adicionales del mismo tipo. Esto es lo que sugiere el descubrimiento de que, aunque el tamaño del cerebro de los primitivos humanos aumentó incesantemente, sus técnicas de fabricación de herramientas se mantuvieron estancadas durante más de un millón de años. Sea como fuere, resulta claro que el cerebro y la mano, la herramienta y el lenguaje, el cuidado parental y la socialización, coevolucionaron gracias a mecanismos de retroalimentación positiva (Dunbar, 1993).

 

Esta conjetura ayuda a develar el “misterio” de la mente humana. También ésta —o, mejor, el cerebro mentalizante— debe haber evolucionado por mutación y selección biosociales. Y ese proceso se produjo sin necesidad de un planificador inteligente —aparte del hombre mismo, que transforma su propio cerebro a medida que aprende y actúa—. La misma hipótesis de la coevolución de lo social y lo natural también arroja luz sobre la cuestión de los universales sociales, como el habla y la orientación espacial. Todos estos universales parecen ser “natura- les”, vale decir, estar anclados en el genoma humano —o así lo están hoy, luego de cientos de miles de años de mutación y selección biológicas y “culturales” (sociales)—. Es interesante señalar que el progreso de la antropología provocó una disminución del número de universales socia- les, esto es, ideas y hábitos transculturales. Una baja reciente es la discriminación izquierda/derecha, antaño considerada básica y natural: está ausente entre los tenejapas de México (Levinson y Brown, 1994).

 

El hecho de que ni siquiera la estructura de parentesco de ninguna sociedad está exclusivamente determinada por relaciones de “sangre” o genéticas pone de relieve el entrelazamiento de naturaleza, educación e invención en la evolución humana. No cabe duda de que las relaciones sociales básicas —sexo y crianza de los niños— son biológicas. Pero las maneras en que se regulan, particularmente los permisos y prohibiciones sexuales, así como la determinación de las relaciones de parentesco, son construidas. El hecho de que puedan variar de una a otra sociedad y que ocasionalmente se modifiquen o rompan —aunque habitualmente con un costo— no hace más que demostrar que son convenciones sociales, no leyes naturales.

 

No obstante, las convenciones de parentesco no están en un pie de igualdad con convenciones arbitrarias como las correspondencias significado-sonido. De hecho, las primeras se correlacionan con la organización social. Por ejemplo, es improbable que los tabúes dietarios y del incesto se hayan adoptado arbitrariamente. Al contrario, este último puede haberse abrazado para impedir la desintegración de la familia, y los primeros para proteger los recursos naturales. En todo caso, es de presumir que estas convenciones sociales particulares se adoptaron por creerse que fortalecerían la cohesión social o la supervivencia. Casi lo mismo parece aplicarse a normas morales básicas tan universales como la de reciprocidad o ayuda mutua. Ésta fomenta, en particular, la estabilidad del sistema social y es un “mecanismo de arranque”, vale decir, ayuda a entablar relaciones sociales (Gouldner, 1960).

 

En cualquier discusión de las normas sociales, es inevitable mencionar el funcionalismo y el relativismo, que muchas veces se alían. En realidad, hay dos tipos de funcionalismo: el ontológico y el metodológico. El primero es teleológico: sostiene que, en todas las sociedades, cualquier objeto material, costumbre, regla y creencia “cumplen alguna función vital, favorecen la ejecución de alguna tarea, representan una par- te indispensable dentro de un todo en funcionamiento” (Malinowski, 1926, p. 133). En contraposición, el funcionalismo metodológico “no exige la aseveración dogmática de que en la vida de cualquier comunidad todo tiene una función. Sólo requiere que pueda tener una, y que se justifique que procuremos descubrirla” (Radcliffe-Brown, 1935).

 

Otra diferencia entre ambas variedades es que la primera, enca- bezada por Malinowski e inspirada en el psicoanálisis, sostiene que todo lo social existe o sucede para la mayor felicidad del individuo, en particular para aliviar su angustia y ayudarlo a enfrentar el desajuste. En contraste, el funcionalismo metodológico, inspirado en Durkheim —y sustentado en antropología por Radcliffe-Brown y en sociología por Parsons—, afirma que el elemento social positivo o eunómico existe o sucede para bien de la comunidad. Lo cual es un ejemplo más del conflicto individualismo-colectivismo.

 

La única prueba en favor del funcionalismo ontológico es la utilidad general de algunas normas e instituciones. La prueba contraria la constituyen las disfunciones sociales, como la superpoblación, las gran- des inversiones en ceremonias religiosas y el militarismo, así como las “supervivencias sociales” o vestigios, es decir, instituciones, ideas y patrones de conducta que ya no cumplen ninguna función útil, como los ritos de fecundidad y el fundamentalismo religioso.

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Autor: Mario Bunge.

Sobre el autor: Físico, filósofo, y humanista argentino. Corrientes: filosofía realista y cientificista

Fuente: Las ciencias sociales en discusión. 

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