René Girard: El deseo mimético (teoría mimética)

La teoría de René Girard se funda en los ejes fundamentales de la literatura, la antropología y la investigación sobre los mitos religiosos y sus diversas interpretaciones. En la intersección de éstas se descubre la violencia como la clave para la comprensión de la vida humana. La revelación judeocristiana representa para Girard la superación de los mecanismos de violencia.

El deseo mimético y su estructura triangular

 

La principal novedad antropológica de la teoría mimética consiste en la afirmación de que el hombre es un ser fundamentalmente mimético, incluso antes que un ser racional. «Los hombres se influencian unos a otros, y, cuando están juntos, tienen tendencia a desear las mismas cosas, no sobre todo en razón de su escasez, sino porque, contrariamente a lo que piensan muchos filósofos, la imitación comporta también los deseos. El hombre busca hacerse un ser que está esencialmente fundado sobre el deseo de su semejante» [Girard 1996: 23]. La filosofía antigua ya hablaba de mímesis (Platón, Aristóteles), pero el pensador francés considera que sólo fue reconocida la mímesis de representación (que influyó decisivamente en las cuestiones estéticas) y no la mímesis de apropiación, la cual comporta no sólo el saber o los conceptos, sino sobre todo los deseos: «Cuando es imitado un ademán de apropiación, esto significa sencillamente que dos manos se tienden simultáneamente para tomar el mismo objeto: el conflicto no puede dejar de surgir» [Girard 1984: 204]. Esto explica que tan importante aseveración sobre la naturaleza humana haya sido vista y analizada con mayor claridad y profundidad por la literatura que por la misma filosofía. En esta clave debe ser leída su primera gran obra, Mentira romántica y verdad novelesca.

En efecto, Girard analiza algunas obras maestras de la literatura universal, como Don Quijote de Cervantes, Madame Bovary de Flaubert, Rojo y Negro de Stendhal, A la búsqueda del tiempo perdido de Proust y algunas obras de Dostoievsky. Desde la primera página, Girard deja entrever su intuición fundamental: don Quijote quiere ser un gran caballero y para ello debe hacer todo lo que ha hecho Amadís de Gaula, y desde ese momento no desea a partir de sí mismo, sino que imita los deseos de Amadís. Por su parte, Madame Bovary no desea a partir de sí misma, sino que imita los deseos de las heroínas de las novelas que lee en su casa. De igual modo los personajes de Stendhal, los de Proust, los de Dostoievski… todos estos autores presentan la curiosa situación de que los deseos no brotan de los individuos mismos, sino de los demás. A los escritores que siguen escribiendo sobre el deseo espontáneo, Girard los nombra románticos, mientras que llama novelescos a los que desenmascaran tal espontaneidad y presentan la realidad tal cual es: el deseo triangular. Nuestros deseos no parten en línea recta de nosotros mismos, o de alguna facultad nuestra, directamente hacia el objeto deseado, sino que pasan por un tercero que Girard nombra modelo o mediador. De aquí el esquema triangular de sujeto deseante — modelo-mediador — objeto deseado.

El deseo mimético le permite a Girard explicar muchos fenómenos característicos de la naturaleza humana, como el disimulo y la vergüenza. Respecto del tan actual disimulo: «Tanto en negocios como en el amor, el secreto del éxito es el disimulo. Hay que disimular el deseo que se siente, hay que simular el deseo que no se siente. Hay que mentir» [Girard 1985: 100]. Respecto de la vergüenza: «El mimetismo del deseo infantil es universalmente reconocido. El deseo adulto no es diferente en nada, salvo que el adulto, especialmente en nuestro contexto cultural, casi siempre siente vergüenza de modelarse sobre otro; siente miedo de revelar su falta de ser. Se manifiesta altamente satisfecho de sí mismo; se presenta como modelo a los demás; cada cual va repitiendo “imitadme” a fin de disimular su propia imitación» [Girard 1983: 153].

Mediación externa e interna

 

Ahora bien, Girard señala que la distancia entre el modelo o mediador y el sujeto es muy importante, ya que de ella depende el grado de rivalidad o conflicto que pueda surgir. Por ejemplo: dado que tanto Amadís en relación a Don Quijote como las doncellas en relación Madame Bovary no tienen contacto directo con los imitadores, la mediación que ejercen es llamada externa: la posibilidad del conflicto es nula. En cambio, con Stendhal el mediador está más cerca del imitador y esta presencia hace surgir la relación de rivalidad, pues aquel que me nuestra lo que debo desear es al mismo tiempo un rival que busca aquello que me ha mostrado. De igual forma en Marcel Proust. En estos autores la mediación es llamada interna y se extiende al campo de lo político y social, pero casi nunca llega al ámbito familiar. Es una mediación interna exógama. La cumbre del deseo a partir del otro se da con Dostoievski, donde el deseo mimético se presenta incluso y de manera más radical en la familia, la mediación interna endógama: la violencia nunca es más grande que cuando padre e hijo, o hermanos, etc. (dobles miméticos que veremos a continuación), son modelos y rivales simultáneamente.

El deseo metafísico

 

Para Girard el hombre es mimético, es decir, imita los deseos del otro y, así, quiere los mismos objetos que el otro. Lo cual supondría que al tener el objeto deseado, la imitación cesaría. Pero Girard profundiza en esta línea y apunta que el hombre continuamente se ve desilusionado cuando obtiene el objeto deseado. Entonces voltea a otro objeto, y si lo obtiene experimenta nuevamente la desilusión. En realidad, afirma Girard, el objeto no es importante, pues en el fondo, no son los objetos lo que se quiere, sino el ser del modelo rival que lo ha mostrado. El deseo infinito del hombre se expresa en el hecho de experimentar radicalmente su limitación, su deficiencia de ser. Y los demás aparecen como aquellos que han colmado ya esa deficiencia; por tanto, al desear lo que ellos desean aspira a ver también colmado su déficit ontológico. Este deseo de ser, que Girard llama metafísico, se ve claramente ilustrado en la actual publicidad, la cual muestra personas atractivas utilizando ciertos productos. Esas personas dicen qué es lo que se debe desear, qué objetos se deben poseer. Pero en realidad, las personas que ven esa publicidad lo que buscan es ser como aquel que posee tal producto. «Una vez que sus necesidades primordiales están satisfechas, y a veces incluso antes, el hombre desea intensamente, pero no sabe exactamente qué, pues es el ser lo que él desea, un ser del que se siente privado y del que cualquier otro le parece dotado. El sujeto espera de este otro que le diga lo que hay que desear, para adquirir este ser» [Girard 1983: 152].

Así, la mímesis de apropiación se funda en el objeto mismo, aun cuando después tienda irremediablemente a desaparecer. Con esta afirmación, Girard se opone a Hegel, para quien la rivalidad mimética estaba fundada en el “deseo de reconocimiento”, bien ilustrado en la teoría del amo y del esclavo en su Fenomenología del espíritu.

Mímesis, libertad y autonomía

 

Pero, ¿No desafía Girard con esta afirmación a la gran tradición occidental, según la cual el hombre es perfectamente autónomo en su actuar? ¿No tiene el hombre en su interior, en su naturaleza, la pauta necesaria para saber lo que debe conocer y desear? Girard responde con un no tajante. No puede sino imitar lo que desean los demás y querer lo que desean los demás.

Por eso, dice Girard, los escritores novelescos presentan en sus obras literarias que uno de los mayores engaños del mundo moderno es la creencia en el deseo espontáneo, original y por ello libre del ser humano. Nuestros deseos no son a partir de nosotros mismos sino a partir de los otros, por lo que no somos, en primera instancia, seres absolutamente autónomos y autosuficientes: «Lejos de ser lo más propiamente nuestro, nuestro deseo proviene de otro. Es eminentemente social…» [Girard 2006a: 17]. Esta hipótesis de la mímesis y de la autonomía relativa choca de frente con la mentalidad moderna y posmoderna que ha levantado su sistema sobre el solipsismo (Descartes) y la autonomía absoluta (Kant) del individuo. El hombre moderno, y también el posmoderno, se piensa tanto más libre cuanto más puede elegir a partir de sí mismo. Girard declara que aquello es un engaño, el engaño más grande de la modernidad: al contrario, cuando más libre y autónomo se experimenta el hombre, más dentro de la esfera mimética se encuentra, ya que la mímesis es un mecanismo que se retrae a dar la cara y permanece oculto. La crítica a la filosofía en general, pero sobre todo a la moderna, es clara: «Subjetivismos y objetivismos, romanticismos y realismos, individualismos y cientificismos, idealismos y positivismos se oponen en apariencia, pero secretamente coinciden en disimular la presencia del mediador. Todos estos dogmas son la traducción estética o filosófica de visiones del mundo propias de la mediación interna. Todos ellos proceden, más o menos directamente, de esa mentira que es el deseo espontáneo. Todos ellos defienden una misma ilusión de autonomía a la que el hombre moderno está apasionadamente vinculado» [Girard 1985: 21]. Y aquí la cuestión se engarza con el tema de la libertad. Sabiendo que existen muchas acepciones del término, Girard afirma que «su [de los modernos] “libertad” es el fruto de una confusión extrema entre algunos usos filosóficos del término y sus usos cotidianos. Para la mayoría de los críticos libertad es sinónimo de espontaneidad» [Girard 1985: 231].

De este modo, en lo que respecta a la constitución del individuo, Girard puede ser colocado, guardadas todas las diferencias, en la línea del comunitarismo, pues éste rechaza la autoafirmación del sujeto al margen de cualquier configuración social [Vanheeswijck 2003: 106].

Con todo, para evitar el riesgo de ser malentendido, Girard explica la relación entre libertad, autonomía y mímesis: «No digo que no haya yo autónomo. Digo que las posibilidades de ese yo autónomo, en cierto sentido, son casi siempre recubiertas por el deseo mimético, y por un falso individualismo en el que el apetito de diferencia tiene, por el contrario, efectos niveladores» [Girard 1996: 24].

El deseo triangular, mostrado constantemente, si bien de múltiples maneras, por la literatura, hace que Girard descubra una cierta constitución antropológica, más allá de la mera teoría literaria, ya que todos los escritores mencionados anteriormente describen con precisión cómo y de qué manera las relaciones interpersonales están marcadas por el conflicto, la rivalidad y la violencia. Y se ve que esta situación es una patente y dolorosa realidad aquí y ahora. La rivalidad escala hasta el conflicto, el conflicto hasta la violencia, la violencia hasta el derramamiento de sangre, el derramamiento de sangre hasta la venganza y la venganza amenaza con desbordar todo límite y hacer imposible la convivencia entre los hombres.

¿Hay alguna salida a esta situación? ¿Se puede escapar del deseo mimético y de la rivalidad y violencia que con tanta facilidad le siguen?

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Autor: Carlos Gutiérrez Lozano

Fuente:

Gutiérrez Lozano, Carlos, René Girard, en Fernández Labastida, Francisco – Mercado, Juan Andrés (editores), Philosophica: Enciclopedia filosófica on line, URL: http://www.philosophica.info/archivo/2016/voces/girard/Girard.html

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