René Girard: El mecanismo del chivo expiatorio y el asesinato fundador

Los dobles miméticos

El deseo mimético, por su estructura triangular, lleva a considerar al modelo como rival. Por supuesto, esta lectura la hace el modelo, ya que es inconsciente para el que desea. Este fenómeno es llamado por algunos psicólogos double bind (doble vínculo). El modelo es visto como aquel ser que posee algo de lo que yo carezco: es admirado por su plus-en-el-ser, pero al mismo tiempo es odiado por el hecho de desear aquello mismo que yo. Surge así un comportamiento típico en la mitología de todos los tiempos, el fenómeno de los dobles: tanto el sujeto como el modelo se imitan mutuamente, siendo prácticamente iguales en sus palabras, gestos y actos: Rómulo y Remo, Caín y Abel.

Pues bien, lo nuevo e importante en R. Girard es «la generalización posterior de este mecanismo del double bind (mímesis de deseo – rechazo leído como rivalidad) primero a la génesis de las sociedades, y luego a la explicación de las crisis sociales…» [González Faus 1981: 16]. ¿Cómo llega Girard a esta generalización? Véase: «Digamos también una palabra sobre lo que yo llamo la mediación del doble, para comprender mejor el desbocamiento de la crisis. Ese deseo que es el suyo y que yo voy a imitar, puede ser que fuera insignificante en el punto de partida, puede ser que no tuviera una intensidad muy fuerte. Pero, cuando me dirijo hacia el mismo objeto que usted, la intensidad de su deseo aumenta. Se va a convertir en mi imitador, como yo soy el suyo. Lo esencial, es el proceso de feed-back que hace que toda pareja de deseos pueda convertirse en una máquina infernal. Produce siempre más deseo, siempre más reciprocidad y, por tanto, siempre más violencia» [Girard 1996: 25]. En este sentido, se puede alinear a Girard en la lista de aquellos pensadores que han estudiado al hombre desde la crisis. Por ejemplo, ya Heráclito afirmaba que «la guerra es el origen de todas las cosas». Tomas Hobbes, por su parte, declaraba que «el hombre es lobo para el hombre».

El chivo expiatorio

Esta estructura mimética, cargada inexorablemente de violencia, está presente en todos los hombres, llevando tarde o temprano a la violencia general, no de manera concreta, sino difusa. En este contexto, la misma estructura mimética lleva la violencia de todos contra todos a la violencia de todos contra uno, puesto que se imita incluso el odio del otro: «Deseando la misma cosa, los miembros del grupo se hacen todos antagonistas, en parejas, en triángulos, en polígonos, todo lo que usted quiera. La contaminación significa que ciertos individuos van a abandonar su antagonismo personal para ‘elegir’ el del vecino. Vemos eso todos los días, cuando, por ejemplo, diferimos sobre los políticos el odio que constatamos para nuestros enemigos privados, sin osar satisfacerlo contra éstos. De tal forma es así que aparecen chivos expiatorios parciales, a los cuales, el mismo fenómeno de concentración, va a reducir progresivamente en número y a aumentar la carga simbólica…» [Girard 1996: 31].

Es muy necesario insistir en el hecho de que todo este mecanismo se realiza de manera inconsciente, pues muchas de las interpretaciones de Girard lo presentan como una solución que la comunidad toma voluntariamente. Para evitar que se le compare con el inconsciente freudiano, Girard utiliza la palabra méconnaissance (desconocimiento). González Faus explica: «Cuanto más desconocido es este proceso y más cree la gente que la eliminación de la víctima no es obra de su violencia sino de un imperativo absoluto, más consigue el sacrificio poner fin a la violencia» [González Faus 1981: 10].

Así pues, el chivo expiatorio aparece como el causante de todos los males de la comunidad. Incluso, él mismo se experimenta culpable de todo. Véase el clásico ejemplo de Edipo, quien se experimenta culpable de la peste que asola a Tebas por haber cometido asesinato e incesto. Así, la crisis mimética se resuelve de manera sacrificial, puesto que es necesario acabar con el chivo expiatorio. Esto hace que Girard afirme que el asesinato está en la base de toda sociedad, tanto de las antiguas como de las nuevas: el asesinato de Remo por Rómulo (gemelos=dobles miméticos) como fundamento de la civilización romana; el asesinato de Abel por Caín como fundamento de la civilización cainita; el asesinato de Luis XVI como fundamento de la moderna democracia, etc. Que estos asesinatos son camuflados, transfigurados o incluso borrados en las narraciones, se verá a continuación.

Tabúes, ritos y mitos: el nacimiento de la cultura y la civilización

La paz adquirida no es atribuida a la capacidad de la comunidad, sino al mismo chivo expiatorio. Es aquí donde lo sagrado emerge con una naturalidad extraordinaria: «A la idea de que éste puede destruir la comunidad se añade, de ahora en adelante, la de que puede reconstruirla. Es la invención de lo sagrado, que la vieja etnología había comprendido que existe en todas las culturas» [Girard 1996: 33].

El otrora chivo expiatorio se convierte en una clase de divinidad que suscita nuevamente la imitación y la contra-imitación de tinte netamente religioso. Sólo en relación con la víctima se entienden las muy distintas prohibiciones, así como los ritos y los mitos:

«Se ve bien, pues, no imitar a esa víctima en todo eso que hace o parece hacer para suscitar la crisis: los antagonistas potenciales se evitan y se separan los unos de los otros. Se obligan a no desear los mismos objetos. Se toman medidas para evitar la misma contaminación mimética general: el grupo se divide, separa a sus miembros mediante las prohibiciones. Cuando la crisis parece amenazar de nuevo se recurre a los grandes medios, y se imita lo que la víctima hizo, parece ser, para salvar a la comunidad. Ella acepta hacerse matar. Se va a elegir una víctima sustitutoria y que morirá en su lugar, una víctima sacrificial: es la invención del rito. Por último, se va a recordar esta visita sagrada: a eso se le llama mito… En el sacrificio se rehace el mito. Para procurar que el mecanismo del chivo expiatorio funcione de nuevo y que restablezca una vez más la unidad de la comunidad se tiene buen cuidado de copiar con exactitud la secuencia original. Se comienza pues, por sumergirse deliberadamente en una imitación de una crisis mimética» [Girard 1996: 33].

Aquí puede observarse uno de los puntos más significativos de la teoría mimética: hasta ahora no había un modelo convincente que explicara el hecho de que todos los pueblos primitivos poseen tabúes, ritos y mitos, pero que al mismo tiempo aclarara el porqué de las notables diferencias entre los mismos. Por ejemplo, en algunas culturas el incesto es estrictamente prohibido, mientras que en otras se tolera, o bien, en algunas se prohíbe durante el tiempo normal mientras que en el tiempo del rito se permite. Girard ha postulado una hipótesis de trabajo que permite comprender la unidad y diferencia de los ritos y mitos de una manera clara y sencilla. Ciertamente, tal teoría ha recibido muchas críticas por su pretensión de explicar todos los fenómenos, tanto culturales como religiosos.

Dado lo anterior, González Faus resume las aportaciones de Girard de la siguiente manera: «1) el mecanismo victimario es el fundamento de la religión. 2) Es a partir de él como surge el proceso de hominización y se van generando la cultura y las instituciones. 3) Todos los mitos (y, posteriormente a ellos, los textos de persecución) contienen ese linchamiento fundador camuflado» [González Faus 1981: 19].

El proceso de hominización

Girard argumenta que la dinámica de la mímesis de apropiación es tal, que puede explicar no sólo los entredichos o tabúes y los ritos, sino también el mismo proceso de hominización: «Si logramos concebir la hominización a partir de la mímesis de apropiación y de los conflictos que engendra, nos veremos libres de la objeción que hace Lévi-Strauss en Tótem y tabú. Y al mismo tiempo nos ponemos por encima del cuento de hadas evolucionista situándonos en una problemática concreta por primera vez» [Girard 1982: 103]. Partiendo de los conocimientos actuales, Girard reivindica algunas aportaciones tanto de la etología como de la etnología y busca unir lo que para ellas está separado. La etología ha centrado su atención en la mímesis para explicar muchas conductas animales y compararlas con las humanas. A partir de esto, se desarrolló el concepto de dominance patterns (modelos de dominación), para poner de manifiesto las relaciones de subordinación en las sociedades animales. Ahora bien, Girard afirma que el mérito de la etología radica en que «la estabilización de los dominance patterns impide las disensiones en el seno del grupo animal; impide que las rivalidades miméticas prosigan interminablemente. Los etologistas tienen razón al afirmar que los dominance patterns representan un papel análogo al de ciertas diferenciaciones y subdivisiones a veces jerárquicas, aunque no siempre, en las sociedades humanas; se trata de canalizar los deseos en direcciones divergentes y de hacer imposible la mímesis de apropiación» [Girard 1982: 104].

Por su parte, la etnología ha tenido el mérito de ver claramente el carácter sistemático de la cuestión, pues «la representación del sistema en cuanto sistema caracteriza esencialmente a las sociedades humanas […] El sistema, que era implícito en los animales, se ha hecho explícito. Además, es mucho más complicado. La representación y la memoria de esta representación le permiten extenderse a territorios considerables y perpetuarse durante varias generaciones sin modificaciones notables o, por el contrario, con unas modificaciones que somos capaces de observar y de registrar, lo cual hace que tengamos una historia» [Girard 1982: 105].

Uniendo ambas aportaciones, se tiene una continuidad entre la mímesis de apropiación en los animales y en los hombres, pero también una discontinuidad basada en la sistematización y en la simbolización: «en otras palabras, si la concurrencia mimética no degenera normalmente en una lucha mortal, en nuestra sociedad, es por razones distintas de cómo ocurre en la sociedad animal. No son los frenos del instinto los que actúan, sino por el contrario una armadura simbólica sumamente poderosa que hace posible la “desimbolización” y la indiferenciación relativa de los sectores competitivos» [Girard 1982: 106-107].

Otro punto de apoyo es el siguiente: «Hay motivos para pensar que la fuerza y la intensidad de la imitación van creciendo con el volumen del cerebro en toda la línea que lleva al homo sapiens» [Girard 1982: 107]. Hasta ahora, se había visto que el aumento del cerebro y los respectivos fenómenos que origina tenían una base que integra lo biológico y lo cultural (punto de unión entre los etólogos y los etnólogos), pero no se había dado con el motor de esa dinámica. Girard afirma que el mecanismo de la víctima expiatoria puede, sin mayores problemas, ser esa clave faltante hasta ahora (tesis atrevida, ya que pone a la violencia como uno de los factores para el aumento del cerebro): «Hay que mostrar que es la intensificación de la rivalidad mimética, visible por doquier al nivel de los primates, lo que debe destruir los dominance patterns y suscitar nuevas formas cada vez más elaboradas y humanizadas de la cultura por medio de la víctima expiatoria» [Girard 1982: 109]. Recuérdese que la mímesis de apropiación tiende de suyo a la violencia, la cual provoca tarde o temprano una crisis mimética general, en la cual la violencia de todos contra todos se resuelve en la violencia de todos contra uno. Ahora bien, es claro que esto no se da en los animales, ya que los dominance patterns son como un regulador biológico que impide que la violencia se propague de esa manera, pues equivaldría a la autodestrucción de las sociedades animales. Si se da en el hombre es porque esos dominance patterns han sido “saltados”. El proceso de hominización, el paso del animal al hombre está dado, según el parecer de Girard, por el surgimiento de una primera crisis mimética, la cual engendró «las formas “diferidas”, simbólicas y humanas de la cultura» [Girard 1982: 108].

En conclusión: «Podemos concebir la hominización como una serie de escalones que permiten domesticar unas intensidades miméticas cada vez mayores, separados unos de otros por crisis catastróficas pero fecundas, ya que hacen saltar de nuevo el mecanismo fundador y aseguran en cada etapa unos entredichos cada vez más rigurosos por dentro y unas canalizaciones rituales más eficaces por fuera» [Girard 1982: 109].

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Autor: Carlos Gutiérrez Lozano

Fuente:

Gutiérrez Lozano, Carlos, René Girard, en Fernández Labastida, Francisco – Mercado, Juan Andrés (editores), Philosophica: Enciclopedia filosófica on line, URL: http://www.philosophica.info/archivo/2016/voces/girard/Girard.html

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