Sobre la homosexualidad (MICHEL FOUCAULT)

La cultura gay existe dos veces: primero, como las prácticas de un colectivo conformado pasivamente por el estigma (la “raza maldita”) y segundo, como la autoconstrucción que podríamos llamar “invención gay”: “siempre hay otro ‘personaje fantasma’ que obsesiona a todo gay en la sociedad de nuestro tiempo. Ya no es el fabricado por la mirada ajena, sino el que se opone a esa mirada y construye contra él mediante la visibilidad gay.” (pág. 158) “El homosexual, en suma, debe hacerse homosexual para eludir la violencia que ejerce sobre él la sociedad que le hacer ser homosexual. En un texto político de los años setenta, Sartre dirá que “un vasco debe ‘hacerse vasco’ para combatir la opresión que se ejerce sobre él porque es vasco” (pág. 157).

Convengamos que en el análisis de formas culturales concretas la frontera entre ambos dominios no es tan clara y convendría preguntarse si los barrios gays, la vida subcultural, pertenecen al mero “colectivo” o a la autoafirmación del grupo.

Pero ¿qué características tiene este “colectivo”? Si lo que une a los homosexuales no es otra cosa que su represión, Didier Eribon destaca la paradójica conjunción de una conspiración de silencio antihomosexual por un lado y el efecto del insulto antihomosexual por otro. Con respecto al silencio, afirma que lo que genera problemas “no es tanto ser homosexual como decirlo” (pág. 79). Así, el ejercito norteamericano ha sido obligado a aceptar en sus filas a cualquier homosexual…¡que no confiese serlo!.

La “batalla” que el autor adjudica a la literatura homosexual es precisamente la de conceder existencia simbólica a lo que Whitman llamó “la forma de vida que no osa hablar de sí”. Estoy de acuerdo con Eribon en que este silencio antihomosexual constituye un mecanismo de “dominación epistemológica”: bajo el supuesto de que “todos somos heterosexuales”, “[el heterosexual] está siempre en una posición de dominación ‘epistemológica’, porque tiene entre las manos las condiciones de producción, de circulación y de interpretación de lo que puede decirse de este gay en concreto y de los gays en general, pero también las condiciones de reinterpretación y de resignificación de todo lo que los gays y las lesbianas pueden decir de sí mismos y que siempre se expone a ser anulado, devaluado, ridiculizado…” (pág. 84).

Para los militantes partidarios del “coming out” (salir del ropero), la situación tiende a invertirse cuando la persona abiertamente homosexual ya no tiene por qué escuchar los comentarios homofóbicos que el homosexual secreto “debe” escuchar y compartir.

Sin duda el control de la homosexualidad descansa en ese silencio impuesto y en esa disimulación forzosa, y aun “fuera del ropero” este silencio marcará las actitudes de todos los homosexuales: “La relación con el ‘secreto’ y con la gestión diferenciada de ese’secreto’ en situaciones difíciles es una de las características de las vidas homosexuales.” (pág. 81)

Desde el punto de vista del homosexual, es una paradoja insuperable: o se expone a la agresión abierta, o a la burla subterránea. Toda la “invención homosexual” es básicamente un artefacto para manejar esta situación.

Por tanto, el insulto abierto ha marcado el “carácter homosexual” (sic). Eribon nos dice que su concepción parte “del problema de la injuria, tan importante hoy como ayer en las vidas gays” (pág. 18) y que “Cualquier persona de sexo masculino, sea cual sea su edad, puede, en un momento u otro, ser objeto de este insulto, aunque solo fuese en el patio de una escuela o en los embotellamientos de una ciudad…aun si la persona designada no es homosexual, se dice, explícitamente, que serlo es no sólo condenable sino que todo el mundo considera infamante que lo acusen de serlo.” (pág. 95-96)

Más aun, Eribon se remite a las afirmaciones del interaccionismo simbólico (pág. 31): la injuria es un enunciado performativo; su función es producir efectos y, en especial, instituir o perpetuar la separación entre los ‘normales’ y aquellos a los que Goffman llama los ‘estigmatizados’…la injuria me dice lo que soy en la misma medida en que me hace ser lo que soy. En suma: “El lenguaje opresivo hace algo más que representar violencia: es violencia” (pág. 27).

 

Por lo anterior, se hace pertinente reintroducir el marco conceptual foucaultiano para entender esta conjunción de lo implícito y lo explícito. Foucault (1987: 12-13) identificó tres formas principales en la lógica de la prohibición.

Estas formas pueden ser aplicadas también al tabú de la homosexualidad y funcionan de la siguiente manera: [1] negar que eso exista, [2] impedir que eso sea nombrado, y [3] decir que eso “no debe” hacerse. La prohibición entonces ejerce entre las tres “íes” de lo inexistente, lo innombrable y lo ílicito. No son propiamente tres principios diferentes, sino una lógica en cadena: lo que no debe existir es negado, pero cuando su existencia se impone flagrantemente, no hay otro remedio que hablar del innombrable; entonces se detona a su vez el tercer eje, la sanción: “…lo inexistente no tiene derecho a ninguna manifestación, ni siquiera en el orden de la palabra que enuncia su existencia; y lo que se debe callar se encuentra proscripto de lo real, como lo que está prohibido por excelencia. La lógica paradójica de una ley que se podría enunciar como conminación a la inexistencia, la no manifestación y el mutismo” (Foucault, 1987:12). Cuando nos presentan a alguien asumimos que es heterosexual, a menos que tengamos motivos para “sospechar” que es “raro”. Ante la posibilidad de la sanción informal, los propios homosexuales suelen adoptar el silencio discriminatorio en forma si se quiere más ortodoxa que los heterosexuales.

Pero no siempre puede evitarse hablar de la homosexualidad. Cuando la homosexualidad o sus signos son demasiado evidentes, entonces se detona el segundo eje: debe ser nombrada y la sociedad “debe” escandalizarse. Desde el rumor hasta el insulto más directo, los nombres comúnmente asignados a la homosexualidad tienen un efecto de señalamiento que activaría el tercer eje: la sanción. Es claro que en estos casos el nombre en sí mismo es una acusación. Esto explica por qué, a medida que aumenta la visibilidad de los homosexuales, la historia reciente de sus comunidades es también la historia de la adopción de nuevas palabras que, como “gay” (“divertido”), ya no tienen connotaciones negativas.

Pero volviendo a Eribon, precisamente esta mecánica instituye otra de las experiencias que han sido históricamente formadoras del “carácter homosexual”: el exilio. “…uno de los principios estructuradores de las subjetividades gays y lesbianas consiste en buscar los medios de huir del ultraje y la violencia, que con frecuencia recurran a disimular lo que son o a emigrar hacia climas más benignos” (pág. 33). Para el autor, “Hubo -y sin duda hay todavía- una fantasmagoría del allende en los homosexuales, de ‘otro lugar’ que ofrecería la oportunidad de realizar aspiraciones que por tantos motivos parecían imposibles, impensables, en el propio país. Y podríamos evocar a este respecto, entre otros ejemplos, la atracción que ejercía Italia a finales del siglo XIX o comienzos del XX…o Alemania en los años veinte…la estancia en las colonias o los países lejanos (Gide en el Magreb, Forster en Egipto y en la India), o incluso la expatriación profesional (Dumézil en Turquía, Foucault en Suecia)” (pág. 35).

Eribon no afirma que todo homosexual haya emigrado o quiera emigrar, pero sí que todo homosexual se ha sentido como un extranjero en su propio país. A nivel cultural, esto generó “…la reputación de determinadas ciudades, como Nueva York, París o Berlín, [que] atraía a oleadas de ‘refugiados’ llegados de todo el país y a menudo del extranjero, reforzando así lo que les había impulsado a emigrar: la existencia de un ‘mundo gay’ al que se sumaban y al que aportaban el entusiasmo de los recién llegados” (págs. 34-35).

La huida a la ciudad puede entonces leerse desde el interaccionismo simbólico como práctica significante relevante: “no se trata solamente de ir a vivir ‘a otro sitio’ en busca de un cierto anonimato. Se trata de una auténtica fisura en la biografía de los individuos…es también la posibilidad de volver a definir la propia subjetividad, de reinventar la identidad personal” (pág. 41).

Ahora, a diferencia de las culturas de los inmigrantes, la invención gay no trata de recuperar una cultura ancestral, sino de inventar una cultura que nunca existió antes: “La autodefinición colectiva es lo que se dirime en las luchas entre los homosexuales mismos, y así la ‘identidad’ no es ni una realidad ni un programa, ni un pasado ni un futuro ni un presente, sino un espacio de impugnaciones y de conflictos políticos y culturales.” (pág. 110)

No existe una sola manera de ser gay y esto se expresa en que “las definiciones que pueden dar de sí mismos son solo construcciones provisionales, frágiles y necesariamente contradictorias entre ellas” (pág. 109). “Si algo une, por ejemplo, a gays conservadores y liberales, es que sus culturas son produccidas por las mismas determinaciones (sic) y son diferentes “salidas” inventadas para eludirlas”: “…es posible recuperar…esta idea de la homosexualidad como ‘salida’ si se enfoca este concepto de escapatoria como una manera de describir no ya la ‘elección’ de ser homosexual, sino la elección que hace el homosexual de un modo de vida, o de aspiración a un modo de vida, para superar una ‘miseria de posición’ que le resulta insoportable y la ‘melancolía’, que no es sino la expresión psicológica.” (pág. 63)

Esta heterogeneidad introduce, entre otros temas, el de la integración homosexual y la consiguiente oposición entre los extremismos separatista y asimilacionista. Pensemos que los principales reclamos homosexuales contemporáneos se orientan a ser admitidos en instituciones conservadoras como la iglesia, el ejército o el matrimonio. Sin agotar un tema que es complejo, digamos que Foucault se preocupó por esta alternativa de que los homosexuales “se unan al club”: “Si se pide a la gente que reproduzca el vínculo del matrimonio para que su relación personal sea reconocida, el progreso realizado es nimio. Vivimos en un mundo relacional que las instituciones han empobrecido notablemente…Tenemos que conseguir que se reconozcan relaciones de coexistencia provisional, de adopción…En vez de decir…’tratemos de reinsertar la homosexualidad en la normalidad’…digamos lo contrario: ¡No! Dejemos que escape en la medida de lo posible al tipo de relaciones que nos propone nuestra sociedad e intentemos crear, en el espacio vacío en que estamos, nuevas posibilidades relacionales” (págs. 45O-452, tomado de entrevista en Christopher Street, vol. 6, nº4, mayo 1982).

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Autor: Carlos Basilio Muñoz

Texto completo: FOUCAULT Y LA HOMOSEXUALIDAD

REFERENCIAS

Boswell, John (1980): Christianity, Social Tolerance and Homosexuality. Gay people in western Europe from the beginning of the Christian Era to the fourteen Century. The University of Chicago Press, Chicago/London.

Eribon, Didier (1999): Reflexiones sobre la cuestión gay. Anagrama, Barcelona, 2001.

Foucault, Michel (1976/78): The History of Sexuality, volume 1: An Introduction. Vintage, New York.

Foucault, Michel (1980): Howson Lecture.

Hocquenghem, G. (1972): Le Désir homosexuel. Editions Universitaires, Paris.

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